
El anillo reflejaba los últimos rayos del sol de otoño. Ancho y grueso, aprisionaba el dedo anular en un abrazo sin concesiones. Relucía acompañando a las expresivas manos; un poco nerviosas manos, pero decididas. Oscilaba agitado sobre conclusiones irrefutables, sobre hechos imperdonables, sobre un páramo de ilusiones. El silencio postrero lo aquietó y brilló por última vez cuando los dedos de la diestra lo desalojaron en forma inapelable del lugar que había ocupado tantos años. Sobre la mesa del bar, reposó solitario cuando el dedo anular ya era ausencia.
Carmen Retamero
Cuando leo textos como este siento que soy una privilegiada por tenerte en el taller.Excelente
ResponderEliminar¡Ay, profe! Que me pongo colorada. Me alegro de que te guste. Un gran abrazo.
ResponderEliminar!!!!Que gusto da leer un impecable texto felicitaciones Carmen, por favor poné tu nombre al final que se sepa quien lo escribió..bellisimo
ResponderEliminarBello y desolador...como ese páramo. Conmueve.
ResponderEliminar¡Ja, Rita! Mejor no, porque si suponen que lo escribió Rosi es más probable que lo lean. Gracias por tus palabras. Un beso grande.
ResponderEliminarHola, Cristi. Vos siempre tan consecuente con tus compañeros. Gracias por el comentario. Se te quiere.
ResponderEliminarQuerida Carmen :Perdón por la omisión de tu nombre.Fue una mezcla de desmemoria y de omnubilación por el encadelamiento que me produjo el texto.Ya está subsanado el error
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