
Nada especial le indicaba a Simón que debía quedarse en casa. Apoyado en una roca seca, al final de
Así, vivía aventuras con Salgari, meditaba con Rampa, peleaba con molinos de vientos o viajaba en submarino alrededor de la tierra. Él no era pescador como los otros. Devolvía los peces al mar, porque escuchaba sus voces de reclamo y antes que le cayera una maldición abría las redes.
Cada nuevo ejemplar que llegaba a sus manos le agregaba temores, valentía, entusiasmo o pena a su tornadizo carácter. Una vez perdió el pelo de su cabeza por beber un brebaje que prometía elevarlo en altura hasta diez centímetros. Otra, corrió tanto, atravesando playas y morros, que lo encontraron cinco días después, recostado en un socavón, flaco y maloliente, con los pies mordidos por los cangrejos. Cuando se le pidió explicación, sólo contestó con expresión melancólica e ingenua que no había podido alcanzar el nacimiento del arco iris.
Así era Simón.
La lectura minuciosa de los planos de "un tal" Leonardo Da Vinci, le había generado tremendas ansias de volar. Al mejor estilo de Juan Salvador, todas las mañanas pensaba en las distintas posibilidades de vuelo. Calculaba que en quince días de buen trabajo podría tener el dinero suficiente para fabricar su máquina.
El mar estaba en calma, el cielo no mostraba presagio de tormenta.
Otros pescadores ya le habían sacado ventaja y desparramaban en el aire alegres canciones, arrimándose a la costa con los botes llenos de tesoros marinos.
Simón no escuchaba, él perseguía una ilusión y mientras especulaba acerca de la velocidad del vuelo, el lugar que eligiría para deslizarse hasta quedar suspendido en ese mar de viento, se internaba cada vez más. Sus compañeros en la costa despedazaban las piezas, clasificaban con rapidez lo de valor, para dejar los restos, que el mar con sabiduría recogía reclamando pertenencia. El bamboleo del bote cada vez más intenso no despertaba a Simón. Después de la máquina de volar, armaría la del tiempo, esa también lo había fascinado. Quizás buscaba la entrada perdida de
Nadie volvió a verlo. Se dice que Simón vive en la realidad de sus ficciones.